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Alguna noche soñé que regresaba.
Ítaca estaba lejos. Largas travesías y sirenas me separaban de sus templos.
Escila y la avidez de las tormentas significaban la frontera.
Fieros vientos y cíclopes me desviaron muchas veces de la ruta.
La sal marina y los años -los solitarios años de destierro- me enseñaron el decálogo del náufrago.
Pero he aquí que está amaneciendo y mis ojos -pebeteros sangrantes, heraldos de un rostro endurecido por imborrables cicatrices- se asoman a las costas añoradas.
(De Arenas de Ítaca)
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